Según presenta Toastmasters en un artículo, para empezar una presentación quizás el mejor truco para captar la atención del público es dar un dato sorprendente. Pues bien, este es el dato introductorio para esta entrada:
¿Sabías que las estimaciones del coste de las fake news van entre 78.000 y 417.000 millones de dólares anuales?
Pero como digo, es simplemente para captar la atención porque probablemente los análisis que revelan esas cifras pueden ser discutibles por su metodología.
Lo que muchos tenemos claro es que la desinformación supone uno de los grandes problemas de comunicación que tenemos en la actualidad. Además podemos intuir su impacto en muchos campos. El Reuters Institute ha elaborado una encuesta en más de 48 países. Uno de los datos que indica es que un 58% de los encuestados se muestra preocupado por distinguir lo verdadero de lo falso en las noticias de internet.
Una de mis últimas lecturas, el ensayo «No hemos sido engañados» del científico cognitivo Hugo Mercier me ha ofrecido un enfoque diferente sobre este tema. Con sus palabras
“`[…] no se trata de que la población adopte decisiones erróneas o malvadas porque parta de creencias falsas; sino que la población asume creencias falsas con la intención de justificar sus decisiones malvadas o erróneas”.
Uno de los ejemplos más impactantes que ofrece es la matanza de Kishinjov. Un rumor sobre que los judíos habían asesinado a un niño para extraerle la sangre en un ritual religioso (que era falso) no empujó al pogromo por el hecho en sí, sino que sirvió como excusa para que los implicados hicieran lo que previamente deseaban hacer.
Supongo que más de uno, al leer esto, probablemente lo haya asociado con la facilidad que tenemos de divulgar aquello que es afín a nuestra ideología. Compartimos muchas veces en redes sin ni siquiera contrastar si el dato es falso o engañoso. A este comportamiento se le llama razonamiento motivado, un sesgo cognitivo que nos hace creer que estamos actuando de forma racional cuando no es así. (Lo confieso, a mí me ha pasado).
Pero lo preocupante es cuando este comportamiento nos lleva a tolerar o cometer atrocidades. Soy un profundo convencido de que el ser humano no es algo concreto. El ser humano puede ser muchas cosas y la violencia también está en nuestra naturaleza cuando se trata, por ejemplo, de la necesidad del sentido de pertenencia. Nuestra historia, nuestra constitución como seres está imbricada profundamente en la pertenencia a un grupo; somos seres sociales por necesidad.
Sin embargo, al igual que muchas de nuestras características, estos comportamientos aparecieron y se desarrollaron en una realidad ancestral marcada por la supervivencia. Pero la evolución de la sociedad a interacciones con grupos mucho más grandes que las tribus de antaño nos lleva a crear una serie de contratos sociales para poder superar esos comportamientos.
Biológicamente se llama desalineación evolutiva este conflicto que tenemos. Debemos ser capaces de mantener y potenciar las herramientas que hemos ido creando: el estado de derecho, los derechos humanos, los sistemas judiciales y el propio concepto de ciudadanía. O corremos el riesgo de volver a un estado “tribal”.
Un texto que recomiendo para entender el concepto de ciudadanía es «Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho». Una recomendación: aparca temporalmente tu “razonamiento motivado” para leerlo.
